El debate monetario en la Argentina. De la Escuela de Salamanca al monetarismo
Según Joseph Schumpeter en su Historia del análisis económico (1954), la Escuela de Salamanca es pionera del análisis económico moderno porque abordó fenómenos como el valor, el intercambio o el dinero sin reducirlos a decisiones del poder central. Tanto su aporte como el de otros pensadores contemporáneos constituyen una pieza fundamental del entramado intelectual que permitió el tránsito desde la reflexión moral medieval hacia una comprensión más acabada de la economía.
En este marco, el sacerdote agustino Martín de Azpilcueta formuló en 1556 la primera versión de la teoría cuantitativa del dinero, anticipándose en cuatro siglos a Milton Friedman y a Tim Congdon. Azpilcueta entendía que cuando un producto abunda, su precio se reduce; siguiendo esta lógica, comprendió que cuando el dinero abunda, se erosiona su poder adquisitivo.
Así como Friedman lideró el monetarismo en EE. UU., Congdon se convirtió en el defensor más prominente de esta teoría en el Reino Unido. Friedman sostiene que las variaciones de la cantidad de dinero son la causa principal de las fluctuaciones del nivel de precios. Por su parte, Congdon, como heredero intelectual de la Escuela de Chicago, utiliza los principios de Friedman para criticar la respuesta de los bancos centrales a las crisis inflacionarias globales.
Ambos autores recuerdan que la inflación es un fenómeno estrictamente monetario, provocado por un incremento de la oferta de dinero superior al crecimiento del valor real de la producción; es decir, la moneda se deprecia si su stock crece por encima de dicho producto.
La desviación: Estructuralismo y Keynesianismo local
Corrientes de pensamiento como el estructuralismo o el keynesianismo local lograron desviar de esta teoría a estudiosos, empresarios y políticos bajo el argumento de que la inflación argentina es «multicausal».
El estructuralismo latinoamericano, de carácter netamente intervencionista, recurre a esta premisa para eximir de responsabilidad al Estado en su función monopólica de la emisión fiduciaria. En la década de 1950, por ejemplo, Osvaldo Sunkel afirmaba que la inflación no constituye un fenómeno monetario, sino el resultado de desequilibrios reales y rigideces estructurales propias de las economías subdesarrolladas. A su vez, la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) sostenía que la inflación regional no nacía de un exceso de demanda provocado por la expansión del circulante, sino de estrangulamientos y cuellos de botella en la oferta. Bajo esta perspectiva, argumentaba que el sector agrícola era institucionalmente incapaz de responder a las fuerzas del mercado debido a fallas como el latifundio improductivo y la consecuente inelasticidad en la oferta de productos agrarios.
En sintonía, el keynesianismo tardío argentino se ha expresado en políticas que buscan expandir el gasto público, otorgar subsidios masivos y emitir dinero bajo el supuesto de que una inflación moderada reactiva la demanda y el consumo interno.
El redescubrimiento historiográfico de la Escuela de Salamanca
Friedman reconoció que los salmantinos, como Azpilcueta, fueron los primeros en documentar científicamente que la llegada masiva de oro y plata de América provocaba la pérdida del poder adquisitivo de la moneda. Al difundir la teoría cuantitativa mediante su célebre máxima —«la inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario»—, Friedman formalizó el pensamiento primigenio de Azpilcueta que, en la actualidad, Congdon defiende con rigurosidad analítica.
Friedman no leía los textos en latín o castellano antiguo; su conocimiento provino fundamentalmente de la obra de Marjorie Grice-Hutchinson, quien publicó en 1952 un libro fundamental titulado The School of Salamanca: Readings in Spanish Monetary Theory. Por medio de este volumen, el mundo anglosajón redescubrió el peso de la Escuela de Salamanca en la historia del pensamiento económico.
La Escuela Austríaca de Economía también tuvo un papel central en tal reconocimiento. Friedrich von Hayek dirigió la investigación de Marjorie Grice-Hutchinson sobre los escritos de los teólogos españoles del siglo XVI.
Hayek afirmaba que, dado que los estudios salmantinos estaban redactados en el latín escolástico propio de la España católica, la historiografía anglosajona supuso erróneamente durante décadas que el capitalismo y la libertad económica eran prerrogativas exclusivas de las tradiciones anglicana y protestante. Este sesgo historiográfico comenzó a revertirse formalmente a mediados del siglo XX.
La evidencia en la Argentina
La formulación de Azpilcueta para explicar la inflación en la España del siglo XVI encuentra un claro correlato empírico en la historia macroeconómica de la Argentina.
La premisa de que la abundancia de dinero reduce su poder adquisitivo se valida al contrastar las estadísticas históricas y contemporáneas de emisión monetaria con la evolución del Índice de Precios al Consumidor. En un contexto de inflación creciente o elevada, los agentes económicos locales disminuyen drásticamente sus saldos reales en moneda nacional. Esta caída de la demanda de dinero eleva la velocidad de circulación, fenómeno que explica por qué en periodos críticos la tasa de inflación suele exceder a la tasa de emisión monetaria nominal.
El comportamiento de las variables monetarias recientes ratifica la vigencia de las tesis de Congdon sobre la laxitud de los bancos centrales y la existencia de dinámicas operativas motivadas por la dominancia fiscal. Claramente, un fenómeno que la economía argentina ha experimentado de manera sistemática durante décadas.
Consideraciones finales
El derrotero macroeconómico argentino expone las decepcionantes experiencias pasadas a raíz de la aplicación de soluciones de sintonía fina o justificaciones multicausales.
Al revisar la genealogía del pensamiento monetario, queda al descubierto que la inflación no es el producto de fallas del mercado o de rigideces de la oferta. Queda a la vista que es la consecuencia directa de ignorar principios de escasez, identificados hace siglos.
El puente conceptual entre los salamantinos del siglo XVI y la corriente de Chicago del siglo XX —junto a los debates globales del siglo XXI liderados por figuras como Congdon— no es anecdótico. La moneda, desprovista de un anclaje institucional y emitida en demasía para financiar los arbitrios del poder político, pierde su condición de reserva de valor y unidad de cuenta. El rescate de la Escuela de Salamanca demuestra que la ciencia económica posee raíces normativas ligadas a la restricción del arbitrio estatal. Una verdad identificada cuatro siglos antes.
La experiencia argentina revela que ni el intervencionismo estructuralista ni la manipulación exclusiva de las tasas de interés logran contener la depreciación de un signo monetario cuando la cantidad de dinero crece por arriba de la producción real. El arraigo de teorías basadas en la «multicausalidad» ha sido un mecanismo de justificación para convalidar la dominancia fiscal. Al diluir su responsabilidad, estas corrientes facilitaron la persistencia de desequilibrios macroeconómicos estructurales.
La estabilidad no requiere de nuevos paradigmas. Requiere el reconocimiento definitivo de la vieja máxima salmantina: el dinero, al igual que cualquier otro bien, se deprecia cuando abunda.
La intuición original de Azpilcueta mantiene una vigencia irrefutable. El principio de que la sobre expansión de las existencias monetarias erosiona el poder adquisitivo de la moneda no constituye una mera hipótesis coyuntural. En rigor, se trata de una verdad de carácter sistémico. Para la Argentina, la estabilidad exige reconocer que la moneda se rige indefectiblemente por las leyes de la escasez.
Esto requiere un compromiso institucional definitivo por parte de las fuerzas políticas y de los órganos de gobernanza que elimine la emisión fiduciaria espuria como fuente de financiamiento del sector público. En definitiva: consolidar un pacto institucional para un futuro de largo alcance.
Manuel Alvarado Ledesma
Licenciado en economía (UBA), profesor y director de CAE, Consultoría Agroeconómica.